Por fin pude ver el Sábado No Direction Home, la película documental que Martin Scorsese ha rodado sobre Bob Dylan. Desde que ví las primeras imágenes este verano, no dejaba de contar los días hasta que saliera en DVD y, tras meses esperando ansiosamente, me senté el Sábado por la tarde a verla, sabiendo que me esperaban 3 horas y media por delante de puro disfrute.
Y bueno, qué decir. Para todo aquel minimamente interesado en Dylan, la película es una gozada. Imágenes poco vistas, mezcladas con algunas ya conocidas gracias a los pioneros Don't look back o Eat the document de D.A. Pennebaker, hacen que abras los ojos, hasta donde ya no dan más de sí, para degustar cada fotograma que aparece por el televisor. Sencillamente espectacular desde el punto de vista visual. No quiero desgranar lo que hay dentro para el que no lo haya visto, pero momentos como el de Dylan aporreando con la mano derecha el piano, mientras con la izquierda levantada interpreta con una rabia impresionante The Ballad of a Thin man, son de los momentos más grandes que servidor ha podido presenciar nunca. Y como este, hay al menos quince o veinte momentos, que engrandecen aún más la figura de Dylan.
No entiendo de cine como para juzgar si el documental es bueno, está bien montado o el hilo es el correcto. Solo se, que se sentó mi padre a mi lado a verlo, y él, sin importarle un pimiento Dylan, aguantó las más de 3 horas siguiéndolo atentamente. La razón principal, pues probablemente porque Scorsese ha sabido qué resaltar y por dónde llevar el asunto para que enganche, y quieras saber como termina la historia. A su favor, pues por ejemplo contar con los testimonios de casi todo el mundo que tenía algo que decir, incluso las declaraciones del fallecido Allen Ginsberg, obviamente rescatadas de archivo. Pero para mí, las palabras más impactantes, importantes y sinceras del documental, son las del propio Dylan desde la distancia. Si ya me pareció lúcido en la autobiografía, aquí me parece casi hasta modesto, y sobretodo sincero, cosa que se agradece viniendo de una persona como él.
Sin embargo, tengo dos peros. Uno, sobretodo en la primera parte, que redunda una y otra vez sobre ciertos aspectos, y deja en el tintero otras muchas cosas. En plan puntilloso, por ejemplo, como bien resalta Unterberger en Turn! Turn! Turn!, no nombran el LP Another Side of Bob Dylan, quizá el más importante en ese cambio de orientación en cuanto a temática, aunque no sea eléctrico, al ser el primer LP en el que apenas hay canciones "protesta", por no decir ninguna. Como este, muchos pequeños detalles, que hacen que el documental no sea tan riguroso como un buen libro, y parezca más hecho para, digamos, todos los públicos. Hecho más vistoso se puede decir.
Y esto último se ve claramente al ver como se le trata a Dylan de una manera demasiado amable. Apenas se muestran sus aspectos negativos que sí aparecen en sus biografias, que son muchos. Practicamente, no es crítica con él, y un buen documental, para ser riguroso, creo que debe abordar ambos lados del mito. Sale muy bien parado, y huele un poco a lavado de imagen.
Pero en definitiva, es una película a ver. El que sea seguidor, va a disfrutar sin parar con momentos míticos, no voy a destriparlos, y el que la vea solo por curiosidad, una de dos, o termina y sale disparado a hacerse con sus discos, o le termina de pillar mania. Eso sí, 3 horas y media de subtítulos, marean y mucho. A quien domine la lengua inglesa, le recomiendo que desactive los subtítulos.
Yo, después de verla, me reafirmo en lo que siempre he pensado, que el Dylan del 66 es algo de lo más grande que ha existido nunca. La clase, la rabia, la personalidad necesaria para ir siempre a contracorriente, y todo lo que emanaba y transmitía en esa época, se deja ver claramente en las imágenes de este documental. Ya no cabe ninguna duda.